¿Callecitas? ¿De Cartagena?
 

“El alma de Cartagena son sus calles…”
Jesús D. Cabrera Jaramillo

Golpes de una champeta africana retumban a lo lejos, el grito de: “Alegrías con coco y anís” inunda la calle y el señor de los raspaos aprovecha el inclemente sol que irradia en el centro de la ciudad para refrescar las gargantas de los transeúntes.

Esa es una típica calle cartagenera a las doce del día, cuando todos andan apurados buscando dónde pueden comerse un corrientazo o una sopa y un seco por mil pesos.

Aunque todos las pisotean, nadie las nota. Son pocos los que se dan cuenta que han persistido por más de 400 años para acoger el mendigo, como local del rebusque o para unir distancias y, aunque son de todos, no son de nadie: Las callecitas de Cartagena.

Aproximadamente 109 calles componen el Centro de La ciudad, entre las más reconocidas están la de la Media luna, Arsenal, Larga, Tripita y media y la Moneda. Las mismas que desde hace tiempo dejaron de pertenecer a La Heroica para ser utilizadas como fuente de trabajo, convirtiéndolas en todo un mercado persa.

Pero también, esos mercaderes han dejado espacio para que en las calles cartageneras se conmemoren amores. Desde el de Gallito Ramírez con la Niña Mencha hasta el de Florentino Ariza y Fermina Daza, en “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez.

Amores escondidos, prohibidos como los que se reflejan en los bares de media luz de la calle de la Media Luna o la de la Universidad. Pero son amoríos ilegales, encuentros de amantes furtivos; donde sólo las calles son testigos de los besos y abrazos que inundan la noche céntrica de La Heroica.

Una Heroica triste, a pesar de que se alegra en Noviembre durante las fiestas de independencia, una ciudad trajinada y, aunque, es la primera ciudad turística y la quinta industrial de Colombia y a la vez es el primer puerto de contenedores y cruceros del país, El Corralito de Piedra es la tercera ciudad con mayor nivel de pobreza y con un desempleo que asciende al 21%, debido a los bajos niveles de educación y preparación de sus habitantes.

Los mismos que le dan vida a las calles cartageneras con su alegría tropical y aún más en la Avenida Carlos Escallón, al lado del Ley, donde los vendedores de discos compactos se aplastan en los andenes, obligando a los peatones a invadir el espacio destinado a los vehículos.

No hay que olvidar que lo más característico de las calles coloniales es su tranquilidad envolvente cuando transitas por ellas, eso sí sólo lo puedes hacer de noche, a la hora que la ciudad duerme, a la hora que estridentes gritos como: “Pase, todo a mil, todo a mil” no retumban en los oídos acalorados.

Las calles ya dejaron de ser de Cartagena, para darle paso al comercio informal, a la mano del mendigo, al empresario, el vendedor de jugo, a la palenquera, al jubilado y todo el que en un día común las transite sin verlas, sin sentirlas, sin detenerse un instante a pensar en toda la historia que existe debajo de sus pies.

Atrás ya quedaron los amoríos de una época colonial que serenateaban balcones; hacia el olvido se fueron los pacíficos juegos de dominó en la esquina y en la memoria de pocos vive el recuerdo de los fandangos en Getsemaní, por que ahora todo es diferente.

Las serenatas las protagonizan las discotecas del Portal de los Dulces, en los juegos de dominó abunda la cerveza, la pelea, los conflictos y de los fandangos de Getsemaní, sólo quedan los buscapiés y los pollerones roídos que aún cuelgan las abuelas en su escaparate.

“…Fueron también las calles urdimbre para tramar el manto glorioso que la acompaña en la inmortalidad”
Gregorio Espinosa

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