Puro Cuento
 

Los Vericuetos de la Sabiduría
Joaquín Santos ya no aguantaba sus múltiples defectos. Su vida social se le había vuelto un infierno. Tenía que hacer algo. Participó en cursillos, retiros espirituales, terapias de grupo y hasta contrató varios coachings.

Ante los sucesivos fracasos, pensó que mejor sería aislarse por completo e instalarse en una ermita. Al cabo de unos años, el resultado fue mejor de lo que esperaba.

Había llegado a una suerte de santidad. Se sintió un hombre nuevo, vencedor de pecados capitales y veniales. Sin embargo, la soledad comenzó a pesarle y emprendió su camino de vuelta. Ahora sí, lleno de serenidad y paz interior, podría realizar su sueño, ser apreciado y amado por el prójimo.

Apenas llegar a su pueblo, se dio cuenta de que ahí, su perfección era un lastre y un desastre y de que si quería quedarse, necesitaría volver a ser el de antes.
Joaquín Santos se prometió entonces cultivar con esmero y respeto la lujuria, la avaricia, la envidia y la hipocresía, tan necesarias para sobrevivir fuera de la ermita.

 

Indocumentada Determinación
Esa madrugada, apenas comenzada la ascensión hacia el piso 72, donde hacía la limpieza de los enormes ventanales, tuvo una desconocida sensación en la boca del estómago.

Pero, cuando estuvo fuera del edificio, en esas tremendas alturas, se sintió invencible, llevado por una fuerza y una misión inexplicables. Miró abajo y se compadeció con esas miserables hormiguitas que erraban sin saber qué hacer de sus vidas.

Eran las 8 y 45, cuando, a lo lejos, en el reflejo del brillante ventanal recién lavado, percibió algo demasiado inusual, volvió entonces la vista atrás y vio un colosal buque volante que avanzaba hacia él. Con una determinación casi mecánica, el indocumentado Nepomuceno Colón González desenvainó el revólver y esperó hasta tenerlo en frente.

Al llegar el momento, vació todo el cargador de su arma. Antes de morir, viendo que había acertado y que su bala se alojó en la cabeza del turbante verde que pilotaba la nave, alcanzó a sonreír.

Nadie nunca se enteraría de que aquel anónimo lava-vidrios, aficionado al tiro en blanco, fue, en todo el territorio del imperio, el único improvisado combatiente que opuso una real resistencia a los bárbaros del 11 de septiembre.

 


 
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