Puro Cuento
 
Cuentos de Enrique Uribe Carreño

El día que murió el silencio
Listo para negociar sus últimos estertores, el respetadísimo sabio se animó a confesarse de joven soñaba con ser profeta, mas nunca tuve absolutamente nada nuevo para decirle a los demás. Con el tiempo, esto no se mejoró, en cambio, mi anhelo crecía. Un día, escuché decir que no hay que descuidar la opinión del que calla. Esto cambió mi vida. Hice entonces del silencio mi mejor aliado. Viví callado. Todos vieron en mi mutismo, prudencia, en mis escasas palabras, revelaciones. Callar fue mi arma secreta, mi única idea original y así pude ser el primero en ser profeta en su propia tierra. Escasos minutos después el silencioso impostor ya era cadáver.

La tercera vida de Paul Morrales
La carta recomendada que recibió Paul Morrales contenía un diagnóstico fatal, a la manera de un extracto bancario se le anunciaba el resultado escuetamente: seis meses de vida. El tiempo suficiente para vender la casa y hacer un préstamo para realizar su sueño de infancia: morir feliz y endeudado.

Paul Morrales pasó el medio año siguiente asistiendo a los mejores espectáculos, concurriendo a prestigiosos restaurantes, vistiendo ropas que nunca se hubiera comprado. Obsequiando e invitando a sus amigos a saborear los deleites de la buena vida. Su existencia se había convertido en la búsqueda de la ecuación perfecta que le permitiera disfrutar lo máximo posible cada día y recuperarse rápido de sus extenuantes aventuras para seguir su carrera desenfrenada hasta la meta final.

Al cumplirse el plazo, ya sin dinero, se metió en un hotel de segunda clase a recordar y a digerir todo el placer que se había embutido. Esa noche fue feliz. Al final de su rememoración y listo para pasar la frontera, su curiosidad lo llevó a abrir de nuevo su correspondencia. Se encontró entonces con una carta del Doctor Mariano Martín, su médico de cabecera, en donde le pedía disculpas por que por un error informático se le envió un diagnóstico equivocado y estamos en la obligación de informarle que su salud no corre ningún riesgo. Reflexionó y de repente fue sobrecogido por un ataque que los vecinos de cuarto trataron de indagar, con el oído pegado a la pared, de qué se trataba. Luego de pasado un rato desistieron en el empeño de descubrir la incógnita.

Semanas más tarde, la autopsia solicitada por sus numerosos acreedores dictaminó que Paul Morrales había fallecido de una muerte por fuera de lo común. Los médicos legistas anotaron al margen: «curiosamente el rostro del difunto conserva aún un rictus burlón que confirma el diagnóstico inicial del ataque hilarante».

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